El puente del olvido. Finalista en el XXXVIII Certamen Literario Álvarez Tendero Premio Arjona
EL PUENTE DEL OLVIDO
Regresé al pueblo por el entierro de mi padre. Durante el viaje me di cuenta de que los recuerdos que tenía de él habían perdido nitidez. Como si los envolviese una densa niebla. Supongo que es lo que provoca el paso del tiempo y la distancia. Lo que recordaba con mayor claridad eran momentos de mi infancia: su silueta recortada en el porche, su voz ronca preguntando por mis deberes, sus manos gruesas cortando el pan. Lo demás se había ido difuminando desde que dejé el hogar familiar en busca de una vida cuyo rumbo no tenía claro.
Habían pasado ya muchos años desde entonces y poco quedaba de aquel joven con la cabeza llena de ilusiones.
En parte cumplí mi sueño, mi primera novela había sido todo un éxito: había escrito un best seller cuando apenas me imaginaba pudiendo publicar un libro. Su adaptación a la serie de televisión casi me granjeó más entrevistas y reconocimientos que la propia novela, aunque a mí nunca me acabó de convencer del todo la elección de los actores. “El escritor joven del momento”, hay que ver lo que osan decir las editoriales y la prensa para lograr ventas y titulares. La única verdad es que no había vuelto a publicar nada desde entonces, y cada vez me angustiaba más la sensación de ser incapaz de hacerlo.
Mientras tanto, era alguien más escribiendo artículos para un periódico, opinando sobre la actualidad como si mi criterio tuviese alguna relevancia especial. Todo fachada para ocultar un mar de inseguridades que parecían aflorar según me acercaba al pueblo.
La lluvia me acompañó sin parar desde mi llegada hasta el final del entierro. A mi padre lo enterramos al lado de mi madre, como él quería. Allí, entre la lluvia y los rezos del rechoncho sacerdote, la tierra se tragó el féretro sin hacer preguntas. Tras ello algunos vecinos se acercaron, con abrazos y apretones de manos. A la mayoría apenas los reconocía. En realidad llevaba tanto tiempo lejos que me sentía un extraño.
A pesar de eso, no me marché después del entierro, aunque no me faltasen ganas en aquel momento. Había decidido quedarme unos días en la casa familiar, entre esas mismas paredes de piedra en donde me crié, con el objetivo de arreglar papeles, vaciar habitaciones y decidir qué hacer con la vivienda.
Dormí en la que había sido mi habitación, las paredes seguían del mismo azul claro que mi madre eligió antes de irse, y, en la estantería, mis viejos libros aún resistían al olvido: Bukowski, Poe, los poemas de Lorca, todos seguían allí, acompañándome en el desvelo que padecí durante esa noche.
A la mañana siguiente, tras un café con leche y fumar un par de cigarros en el porche (si mi madre me viese pondría en grito en el cielo), bajé al río. No sabría decir la cantidad de veces que había recorrido ese camino. Siempre había sido mi lugar favorito en el pueblo, haciendo rebotar las piedras sobre su agua cristalina. De niño para jugar, más tarde para pensar y reflexionar. Supongo que ahora acudía en busca de lo mismo.
Me senté en una roca grande, la misma desde la que saltábamos al agua en los eternos veranos de la infancia. Desde allí se podía ver la curva del río, donde las aguas eran más profundas y la corriente más fuerte. Observando ese remolino, me vino a la cabeza la riada que había asolado al pueblo a mis nueve años: la lluvia cayendo cual diluvio, los nervios de mi madre, el agua arrastrando huertas y bajos. El abrazo de aquel día es uno de los pocos que recuerdo haber recibido de mi padre, a ninguno se nos habían dado nunca bien las muestras de afecto. Afortunadamente aquel día no hubo heridos, pero sí muchas pérdidas.
Pasé allí un buen rato, como si en la corriente del río pudiera encontrar respuestas a preguntas que todavía no me atrevía a hacerme, hasta que, como antaño, comencé a tirar piedras al agua. Con los primeros lanzamientos pude comprobar que el paso de los años había afectado a mi técnica. Hasta que poco a poco conseguí que rebotaran en la superficie. Entonces una de las piedras provocó un golpe seco, metálico. Con cuidado descendí de mi posición y me acerqué a la orilla. Allí, entre la vegetación y el lodo, brillaba algo. Intrigado, hundí los pies en el barro y lo saqué con cuidado.
Se trataba de una vieja caja oxidada, de esas de galletas surtidas. Al abrirla, en su interior, aún envuelta en plástico, había una pequeña peonza roja y un cromo de fútbol del Mundial del 90.
Rápidamente entendí que la riada debió de llevárselo en su momento. Observé aquellos objetos con extrañeza. No eran míos, pero eran de alguien. Y ese alguien, como tantos otros, en algún momento había perdido un recuerdo, una parte de su historia. Me pareció increíble, aquella caja había estado años y años allí, abandonada, oxidándose, esperando a que alguien la encontrase, y ahora estaba en mis manos.
De pronto, me invadió una idea absurda. ¿Y si fuese posible encontrar a su dueño?
No parecía una tarea sencilla. Podría ser de alguien que ya no viviese allí, de alguien que ya hubiese muerto, o de alguien que, simplemente, ni siquiera se acordase de aquel mísero botín. Pero como con todo en la vida, a veces la respuesta no está tan lejos. Grabado en la lata, aunque desgastado por el tiempo y el óxido pude ver un nombre, Aitor Campos.
Aitor era de mi edad, uno de los niños con los que solía jugar en el río. Sus padres eran los dueños del bar local. Aunque casi no crucé palabras con ellos, los reconocí en el entierro. Así que me limpié el calzado y me dirigí a su encuentro.
En cuanto entré en el bar lo vi de inmediato, con la bandeja en la mano. Al verme junto a la barra me saludó con una amplia sonrisa.
—¡Hola Julián! ¡Cuánto tiempo! Tenía muchas ganas de verte. Pero ayer no era momento para hablar, suficiente tendrías con lo tuyo.
Le pedí una cerveza y comenzamos a ponernos al día, mientras sus padres también se acercaban a saludarme. Él se había quedado en el pueblo, atendiendo a los vecinos de toda la vida y gritando los goles del Real Madrid con el mismo entusiasmo que cuando éramos chavales. Por un momento sentí envidia, él no se había alejado de sus raíces.
Después de escuchar halagos totalmente desproporcionados sobre mi trabajo y de dedicarle un ejemplar de mi novela, de la que tenían una primera edición, le conté lo que había encontrado.
En ese momento, antes de decir nada, Aitor me dio un abrazo que pareció fundirnos en uno.
—¿Cómo no voy a acordarme? —preguntó emocionado— El cromo de Maradona y la peonza que me regaló mi abuelo. Pensé que no los volvería a ver jamás. Es increíble, muchas gracias.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que había hecho algo relevante, trascendente.
Esa misma tarde, en vez de seguir vaciando cajas en casa, decidí bajar de nuevo al río. Empecé a rebuscar en los márgenes, en los rincones más recónditos, donde la vegetación crecía sin orden. Allí encontré más cosas: un viejo libro del que se conservaban las tapas de cuero con el título de “Luces de Bohemia”, un coche de juguete, una muñeca destartalada y una bolsa llena de chapas.
Los llevé conmigo, los limpié con cuidado y los extendí sobre la mesa del salón como si fueran piezas de un tesoro perdido, sabiendo que ya no estaba en el pueblo solo por el entierro. Estaba allí para algo más.
La mayoría de los objetos no decían gran cosa a simple vista. Pero al menos ahora, contaba con ayuda. Fui hasta el bar al día siguiente. En un pueblo pequeño no hacía falta mucho más para enterarse de todo. Me senté en una de las mesas junto a Aitor, su padre, un par de antiguos compañeros de clase y el estanquero.
—Yo recuerdo que Clara, la profesora, tenía una colección de libros antiguos en su casa cuando se produjo la inundación y que perdió gran parte de ellos. No creo que hubiese muchos más libros así en el pueblo por aquella época —dijo el estanquero.
Media hora más tarde estaba timbrando en la casa de la maestra jubilada. Casi no me dio tiempo a explicarle nada, porque en cuanto vio el libro lo reconoció.
—Ese libro... —susurró—. Perdí muchos ejemplares en la riada. Era una edición especial que me regaló mi marido con su primer sueldo, cuando no nos habíamos ni casado.
Asentí en silencio. Observando con asombro aquella sonrisa.
—Tú eres Julián Pérez, el escritor de “El puente del olvido” —dijo a continuación.
—Julián sí, de lo de escritor últimamente ya no estoy tan seguro —respondí con media sonrisa.
Me invitó a pasar. Hablamos una hora larga. Me enseñó fotos de sus hijos, me contó anécdotas de su vida como maestra y me mostró su colección de libros. Aquella noche dormí como no lo había hecho en mucho tiempo, como si el agua del río también se hubiera llevado en parte mis miedos.
Me decidí a continuar con la tarea y, uno a uno, los objetos del río se fueron volviendo historias. Llamé a puertas que hacía años no cruzaba, hablé con hijos que ahora eran padres, vi lágrimas en ancianos que no recordaban dónde habían colocado sus recuerdos. Uno de ellos reconoció el coche de juguete de su hijo, que ahora vivía en Madrid, e inmediatamente se fue hacia el teléfono para llamarlo. Otra mujer reconoció la muñeca, era de su hermana menor. Incluso conseguí encontrar al dueño de la colección de chapas.
La gente me invitaba a café, a conversar, a sentarme en el jardín. Hablábamos del río, de la infancia, de los recuerdos, del paso del tiempo. Y en cada encuentro, algo dentro de mí cambiaba, como si mi identidad —esa que creía perdida— se reconstruyera.
Una de esas tardes, tras jugar una partida de cartas con Aitor en el bar, me crucé con Fátima. Fue en el supermercado, en el segundo pasillo. No nos habíamos vuelto a ver desde el día en que me marché, pero ella seguía teniendo los mismos ojos azules que parecían iluminar todo a su alrededor.
—Oí en el pueblo que habías vuelto —dijo, sin necesidad de añadir un saludo antes.
—Durante unos días, desde lo de mi padre.
—Sí, ya me enteré. Lo siento mucho, siempre le tuve mucho cariño. Me dolió no poder ir al entierro.
—No te preocupes. Además ya sabes cómo era él con estas cosas, sería el último en tenerlo en cuenta.
—Sí, en eso llevas razón. —comentó asintiendo—. También dicen por ahí que has estado recogiendo cosas en el río.
—No creo que vaya a ser mi nueva profesión, pero digamos que he encontrado alguna que otra cosa, sí.
—Un famoso escritor rescatando cachivaches viejos para entregárselos a sus dueños. ¿Va a ser la historia de tu nuevo libro? —preguntó con sorna.
—No lo había pensado. Pero, ahora que lo dices, si lo hago tendré que dedicártelo. —respondí riendo—. ¿Y tú qué?, ¿a qué te dedicas?
—Soy trabajadora social. Pero me quedé aquí. Solo me fui los años de la universidad pero decidí volver. Es mi hogar. Nunca quise dejarlo, ya lo sabes, me gusta vivir aquí, en calma y tranquilidad.
No hablamos mucho más. Tampoco sabía muy bien qué decir. Nos despedimos con una sonrisa y un beso en la mejilla. Al salir, mi corazón latía nervioso, tantos años después su presencia seguía despertando sentimientos dentro de mí.
Ese mismo día volví al río; algo había cambiado. Cerré los ojos y escuché el rumor del agua, los pájaros, mi propio silencio. Y entonces, en aquel pedazo de paraíso, lo supe. Ya no me sentía un extraño. Pertenecía a aquel lugar, en donde estaban mis raíces. Me había ido de allí hacía mucho pero la realidad era que el pueblo, mi hogar, nunca se había marchado de mí.
Semanas después, todos en el lugar conocían ya mi rutina: por las mañanas escribía en la vieja mesa del salón —a veces solo los artículos semanales para el periódico, otras borradores nacidos para quedarse en un cajón— y por las tardes bajaba al río.
Poco a poco, la casa empezaba a parecer mía, aunque la presencia de mi padre seguía allí. Todavía me costaba entrar en su cuarto pero una mañana, buscando unos documentos, lo hice. Entonces, removiendo papeles y carpetas, encontré un álbum lleno de recortes amarillentos. Eran todo reseñas de mi libro, críticas y varias entrevistas. Al verlo, sentí una mezcla de orgullo y culpa.
Tras el mediodía, me dirigí al río, sin prestar atención al camino; mi mente estaba en otro sitio. Al llegar el agua estaba más clara que de costumbre. Entonces, cuando creía que no encontraría ya nada más, vi algo brillar entre las piedras. Era una cadena con una medalla. Una piedra sobre ella la mantenía sujeta. Sin dudarlo, la saqué de allí. En su reverso, un nombre grabado: “Jaime Maroño.”
Recordé de inmediato a Jaime. Había sido mi vecino. Era de la quinta de mi padre, buenos amigos, iban a pescar muchas veces juntos. Su hija y su nieta, Sara, vivían aún en la misma casa.
Inmediatamente fui a buscarlas. Sara, fue quien me abrió la puerta, recibiéndome con una mezcla de curiosidad y extrañeza. Ella era solo una niña pequeña cuando me fui, ahora ya era toda una adulta. Al mostrarle la cadena, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Gracias. A mi madre le va a hacer mucha ilusión —dijo con voz entrecortada.
Tras dedicarme una sonrisa radiante, me invitó a pasar. En agradecimiento por mi gesto quería regalarme una foto de su abuelo con mi padre pescando en el río. Tras entregármela, nos dimos un abrazo y nos despedimos.
—¿Vas a escribir sobre esto? —preguntó cuando salía por la puerta.
Me encogí de hombros.
—No sé si sabría.
Ella me miró con una firmeza que no esperaba.
—Pues no dejes de intentarlo. No siempre hay que esperar a que las historias se olviden.
Esa noche me senté a escribir como no había hecho en años. No pensé en editores ni en lectores. Solo en el pueblo. En el río. En lo que se cree perdido. Y en mi padre y yo. Las palabras brotaron como un murmullo primero, luego como una corriente más fuerte.
Así, los paseos por el río fueron cambiando. Ya no buscaba nada. Solo caminaba, escuchaba, saludaba a los vecinos. Volvía a tener un hogar donde la gente me conocía de nuevo, no como el escritor, sino como el hijo de Antonio, el que se fue y ahora volvía.
Un atardecer, cuando estaba en la orilla, Fátima apareció caminando entre la hierba.
—Me han contado que al final no te marchas, que te vas a quedar —dijo mientras se acercaba.
—Sí. Creo que estoy donde debo estar.
Ella me miró con esos ojos brillantes como estrellas en la noche y murmuró:
—A veces, para encontrarse, hay que volver a donde se fue feliz.
Me quedé en silencio. Luego ella se sacó algo del bolsillo del pantalón.
—Te he traído algo. Creo que con todos los recuerdos que has devuelto también te merecías uno.
Entonces me la dio: la pulsera que le había regalado antes de dejar el pueblo. Se la había entregado para que, aunque no volviéramos a estar juntos, no nos olvidáramos nunca el uno del otro. Parecía haber funcionado.
Unos meses después, mientras preparaba los últimos detalles antes de enviarle al editor la versión definitiva de mi nuevo libro, encontré una última cosa pero esta vez no bajo el agua. En uno de los cajones del escritorio descubrí la vieja carta que envié a mi padre poco después de marcharme. Leí el final, con mi letra escrita en tinta azul:
“No sé cuándo volveré. A veces uno cree que se va para siempre, pero solo da un rodeo para volver distinto. Pero aunque no me veas, siempre estaré ahí, junto al río, junto a ti, en mi hogar.”
Me quedé un rato con la carta en la mano. Hasta que Fátima se acercó y me abrazó por la espalda. Me dio un beso en la mejilla y, luego, como cada día, los dos fuimos a pasear hasta el río. Allí volví a lanzar una piedra, esta vez no golpeó ningún objeto, puede que ya no tuviera que hacerlo. Porque yo, ya lo había encontrado todo.
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