Ganador en el XVII Certamen Literario Esperanza Asuar
Ayer me informaron de que he resultado elegido como uno de los tres ganadores en el XVII Certamen Literario Esperanza Asuar que organiza el Colectivo de Educación de Personas Adultas Carmen Conde de Cartagena en torno al 8 M. La temática de este certamen de relatos cortos sobre igualdad de género este año era: La igualdad, un reto pendiente.
Mi relato, que dejo a continuación para que podáis leer, se titula: Un espejo en el que mirarse.
El acto de entrega de premios se celebrará en Cartagena el próximo 5 de marzo. Al no poder acudir de forma presencial enviaré un video de agradecimiento en el que leeré el relato, y que publicaré en el blog una vez pase la jornada.
Como siempre le he pedido a Google que cree una ilustración inspirada en mi relato para acompañarlo.
UN ESPEJO EN EL QUE MIRARSE
De niña, Sara pasaba horas frente al espejo. Cerraba la puerta de su habitación y, mientras los gritos de su padre atravesaban las paredes como golpes secos, ella jugaba a vencer a la otra niña que se reflejaba en aquel cristal. La retaba con muecas, con saltos, con miradas desafiantes. Intentaba ganarle en todo: aguantar más sin parpadear, sonreír más fuerte, lograr que no repitiera sus gestos a tiempo.
Así, fue creciendo, pasando etapas como cualquier otra muchacha de su edad.
Fue a un colegio en el que no había filas de niños y filas de niñas. Jugaban juntos, mezclados, sin que nadie dictara qué era cosa de unos o de otras. Nadie se reía si una niña corría más rápido ni tampoco si levantaba menos peso. En el patio no existían los “eso no es de chicas”. Y cuando decidió apuntarse al equipo de fútbol, nadie se burló. Nunca olvidaría el día que marcó su primer gol; el abrazo fue colectivo, sudoroso y feliz. No había marcado la chica del equipo, había marcado una compañera.
En su casa, todo mejoró y nunca tuvo que escuchar eso de que había profesiones para hombres y profesiones para mujeres. Cuando eligió una carrera en la universidad —de esas donde las estadísticas decían que ellos eran mayoría— nadie dudó de su capacidad. Y cuando logró la matrícula de honor, sintió el orgullo de que los méritos no entendían de sexo.
Cuando se adentró en el mercado laboral, durante su primera entrevista, nadie preguntó por hijos presentes o futuros, ni por hipotéticas conciliaciones. Preguntaron por proyectos, por ideas, por experiencia. Y tiempo después, ya en la empresa, cuando llegó el ascenso, llegó con naturalidad, como llegan las cosas cuando se reconoce la valía y no el género. Nadie cuestionó si estaba preparada. Lo estaba.
Más tarde, cuando decidió dar el paso e involucrarse en la vida social y pública de su localidad, el grupo la eligió candidata sin debates sobre si era el momento o si una mujer sería bien recibida. Era capaz, estaba comprometida y eso era lo único que importaba.
Esa fue su vida.
Una vida sin cadenas invisibles, sin techos de cristal, sin tener que demostrar el doble para obtener la mitad. Una vida en la que la igualdad no era un sueño, sino una realidad.
Pero esa vida no fue la de Sara. Fue la de la otra niña, la que vivía al otro lado del espejo, esa que creció junto a ella y que aparecía cuando necesitaba ver su reflejo.
La de Sara transcurrió en este lado del cristal, donde los gritos en casa eran reales y las barreras en la calle también. Donde sí hubo risas en el campo por ser la única chica. Donde sí hubo preguntas incómodas en entrevistas y méritos puestos en duda. Donde cada paso fue una pequeña conquista y cada logro, una defensa de sus derechos.
Ahora, ya mujer, vuelve a mirarse en el espejo. La otra sigue ahí, acompañándola, mostrándole la esperanza de que otro mundo es posible. Y Sara ya no intenta ganarle, porque sabe que no es una rival, sino un horizonte por el que luchar.
Por eso lucha, como tantas otras mujeres, para que algún día, más pronto que tarde, todas las niñas de este lado puedan vivir sin imaginar otro mundo al que escapar. Para que no haya dos reflejos, sino uno solo. Y para que, cuando esa barrera de cristal por fin se rompa, la igualdad deje de ser un reto pendiente y se convierta, por fin, en realidad.

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