Una noche más. Finalista III Certamen Literario Cuzcurrita de Río Tirón

Mi obra Una noche más ha sido seleccionada entre los 10 finalistas del III Certamen Literario Cuzcurrita de Río Tirón. Lo que conllevará su publicación en el libro antología resultante del concurso. El tema de los relatos en esta edición debía ser "Cuando el mundo duerme".

UNA NOCHE MÁS

Cada noche, cuando el mundo duerme, él camina.

Cruza las calles vacías envuelto en un abrigo viejo de paño que ya no abriga, como si el frío fuera incapaz de calar en sus huesos. Nadie lo ve. Nadie lo espera. Solo el parpadeo de las farolas y el silencio de una ciudad que, al cerrar los ojos, lo olvida.

Llega al cementerio entre las tres y las cuatro. Siempre. La oxidada verja de hierro lo saluda con un chirrido agudo. No necesita linterna. Conoce el camino. Veinte pasos desde la entrada hasta el primer árbol. Gira a la derecha y otros treinta y tres. Luego el banco. Y enfrente, la tumba. Allí su nombre, el que nunca pronuncia. Está tallado en piedra, pero en su garganta se le deshace. Se sienta.

A veces habla consigo mismo. A veces solo respira. Algunas noches llora, pero sin ruido. Como si temiera despertar a los muertos. Lleva así desde aquella fatídica noche. Sin dormir. Sin vivir tampoco.

El insomnio se le metió en la sangre el día en que la perdió. El mundo siguió girando, pero él se quedó detenido, como una hoja atrapada en un remolino. Los médicos recetaron pastillas. Las pastillas le robaron los sueños, pero no el vacío. Le hablaban de cambios, de nuevos comienzos. No entendieron que su mundo había terminado en el momento en que la tierra cubrió su cuerpo.

Sumido en esa espiral comenzó a acudir a aquel lugar. Dejando que la penumbra de la noche se uniese a la de su alma. La primera noche llegó por accidente, buscando el sueño en una caminata. La segunda por un sentimiento de necesidad. Las siguientes, por costumbre. Ahora no sabría decir por qué vuelve. Pero lo hace.

Entonces, esa noche. No oyó pasos. No escuchó el portón. Solo tuvo la certeza de que no estaba solo. Levantó la cabeza. Al otro lado de la tumba, alguien lo observaba.

No sabría decir si era hombre o mujer. Joven o viejo. Ni siquiera si era fuerte o delgado. Portaba ropaje oscuro, el rostro resguardado por un sombrero parecía desdibujarse en cuanto fijabas la mirada. No le dio miedo. No del todo. Pero tampoco estaba seguro de si algo se lo daba ya.

—¿Por qué vienes cada noche? —preguntó la figura, con una voz que era todas las voces y ninguna.

—No puedo dormir —respondió el visitante nocturno.

—Muchos no duermen. Y sin embargo no están aquí. Tú tampoco sueñas.

—No me quedan sueños.

La figura avanzó un par de pasos, sin hacer crujir las piedras ni las ramas. Como si flotase.

—¿Y si pudieras soñar con otros? ¿Con los que ya no están? ¿Y si por una noche pudieras darles lo que no tuvieron?

Él no respondió de inmediato. El dolor y la soledad lo habían vuelto lento con las palabras.

—¿Y así podría dormir? ¿A cambio de qué?

—De acompañarlos. Cada noche, uno. Y cuando cumplan su momento, los traerás de vuelta.

—¿A los muertos?

—A los que lo necesiten. Hay muchos que murieron con algo pendiente. Una palabra. Una oportunidad. Un error. Tú se lo darás. A cambio, dormirás. Soñarás como antes.

Él pensó en ella. En la última noche juntos. En lo que no se dijeron. En lo que no se atrevieron a hacer. Pensó en todo lo que no se arregla ni con años ni con tumbas. En cuántos se habrían ido así.

—¿Y si digo que no?

—Entonces seguirás aquí, cada noche, sin dormir, hasta que tus ojos se sequen de tanto mirar la nada.

Observó la tumba. La piedra fría. La fecha que se le clavó como un cuchillo en el alma. Miró sus propias manos, vacías desde entonces. Y como guiado por algo, asintió.

La figura se giró. El viento dejó de soplar. El mundo enmudeció.

—Cierra los ojos.

Y lo hizo.

Cuando los abrió no estaba en el cementerio.

Estaba en una vieja estación de tren. La luz de la luna hacía resplandecer los raíles. Los números de los andenes, el gigantesco reloj, la bruma nocturna sobre las vías. Todo parecía sacado de una película antigua.

En medio de todo eso, lo divisó y, sin conocerlo, lo reconoció. Tendría unos cincuenta. La cara arrugada para su edad.

—¿Quién eres? —preguntó el hombre.

—No importa. Estoy aquí por ti.

El hombre miró a su alrededor. Estudió el lugar. Se llevó una mano a la boca. Comenzaba a entender.

—Es la noche... La noche que no fui a despedirme de mi hijo. No lo vi subir al tren. Me enfadé con él, por una tontería. Le dije que ya lo vería en vacaciones.

El tren apareció atravesando la niebla. Con su inconfundible traqueteo resonando en la estación.

—Tienes esta noche. Solo esta.

El hombre corrió por el andén como un loco. Buscó entre las ventanas. Y al encontrar a su hijo, le gritó, le dijo que lo quería. El niño, con cara de sorpresa, sonrió. El tren no partió. Les dio tiempo.

La figura del padre se abrazó con el hijo. El insomne los observó, desde la distancia.

Y entonces, tras la larga despedida, supo que debían irse. Que la noche tenía un límite.

Volvieron juntos a la tumba del hombre. La lápida vibró. El hombre, con manos temblorosas, la tocó, y desapareció.

Y de nuevo, él volvió a estar solo. En el cementerio. Otra vez. Pero esa noche, al llegar a casa, durmió. Por primera vez en años.

Al día siguiente, despertó tras el amanecer. No estaba seguro de lo que había pasado, ni siquiera de si era real o producto de su cabeza perdiendo la cordura. Pero supo que aquella noche volvería. Que cada vez que el mundo durmiera, emprendería una nueva misión.

No era un castigo. Era una redención. Para él. Y para los que ya no estaban.

Cuando el sol empezó tímidamente a esconderse, volvió a preparar su abrigo. Dobló el cuello, metió las manos en los bolsillos, y esperó el ocaso. Entre ese mundo oscuro de tumbas y secretos, las noches dejaron de ser iguales.

Aquel primer sueño —o no sueño, ya no distinguía— había roto la condena del insomnio. Ya no caminaba por el cementerio como quien busca un tesoro perdido, sino como quien cumple una promesa. Lo extraño era que nunca sabía a quién se la había hecho.

Cada noche, uno. Algunos lo esperaban de pie, junto a su tumba, como si llevaran siglos despiertos aguardando esa oportunidad. Otros no querían ir. No sabían qué cambiar, o qué revivir. La muerte les había hecho creer que todo estaba ya sellado. Algún viejo inventor incluso invertía su noche en conocer las novedades del mundo moderno.

Una de esas noches encontró a una mujer con el rostro marcado por los años, sentada en una lápida sin nombre.

—No tengo nada que arreglar —dijo ella—. Mi vida fue un error desde el principio.

Pero tras unos minutos de silencio, sus ojos se humedecieron.

—Bueno... Tal vez una cosa. Nunca me atreví a presentarme a ninguna de aquellas audiciones.

La escena fue sencilla: un anochecer plácido, con la calidez del verano. La mujer, mucho más joven de lo que había mostrado en la tumba, recitaba frase tras frase, con una fuerza que se apoderaba de la sala. Los directores y guionistas la observaban sin pestañear, absortos por su magnetismo.

Su acompañante se mantuvo atento, viendo cómo aquella mujer, por una noche, dejaba de ser solo un epitafio.

Cuando el estruendo de los aplausos comenzó a diluirse, supo que el momento terminaba. El ruido cesó, la luna giró sobre sí misma y de pronto, estaban de nuevo en el cementerio. La mujer besó la lápida. No dijo gracias. No hacía falta. Y se deshizo como ceniza llevada por el viento.

Él se marchó. Cerró los ojos. Y durmió.

Algunas noches no lo llevaban con rostros desconocidos. El tiempo, y la muerte, no distinguían entre nombres y famas.

Aquella lápida decía "Vincent". Solo eso. Pero, en cuanto apareció de entre las sombras, lo reconoció de inmediato. Esos ojos como dos soles rotos que miraban sin comprender el mundo. Y esa barba encendida como el fuego.

—No te esperaba —dijo el pintor, confuso.

—Nadie me espera. Pero todos me reconocen.

—¿Y qué vienes a ofrecerme?

—Una noche. Solo una. Para aquello que podrías cambiar. Para aquello que no pudiste hacer.

Vincent caminó junto a él entre la negrura del cementerio, sin soltar una palabra. Al llegar al umbral del tiempo, el ahora especie de guía preguntó:

—¿Cambiarás algo?

El pintor negó con la cabeza.

—No. Pintaré.

Aquella noche, Vincent Van Gogh no evitó el disparo en Auvers. No lloró bajo la tormenta. No escribió cartas. No salvó su maltrecha oreja. Solo se sentó frente al cielo lleno de nuevas estrellas y pintó.

—Este será el último —dijo, sin tristeza—. No cambiaré nada. Necesitaba un cuadro más.

Cuando terminó, dejó el pincel sobre la tierra, se giró hacia su acompañante y sonrió con la dulzura de quien por fin entiende algo del universo.

Luego, se esfumó.

No todas las noches eran suaves.

La del argentino fue distinta. Parecía la tumba de un rey o incluso de un dios. Estaba llena de banderas, camisetas, flores y balones.

—¿Sos vos el que me saca por una noche? —preguntó una voz ronca.

Tenía el cabello revuelto, la sonrisa torcida, un sobrepeso que ocultaba éxitos pasados y el aura de los que cargaron con demasiados milagros.

—Llévame a Roma. Año noventa. Final de la Copa del Mundo. No quiero fallar más.

La cancha rugía. El Diego caminaba con la mirada ardiente pero con la delicadeza de un bailarín. El tobillo hinchado no le entorpecía. El mundo sobre sus hombros parecía no pesarle.

—Esta vez el penalti no entra —había susurrado durante el trayecto—. Y entonces sí me levanto. Y lo meto.

El arquero detuvo el penalti del rival. El estadio se estremeció. Y, a los cinco minutos, el balón le llegó, como si supiera que debía dirigirse hacia aquel que más lo amaba. Maradona avanzó como un rayo. Regateó al último defensor. La zurda acarició el cuero. Gol.

La tribuna explotó. Era el gol. Era el partido. Era la redención.

El 10 se arrodilló sobre el césped, alzó los brazos al cielo. Lágrimas. Risas. Hasta la luna vibró.

—No necesitaba otro trofeo —dijo luego—. Solo saber que aún podía levantarme.

De regreso en el cementerio, besó la cruz. Se giró y gritó:

—Gracias, loco. Sos vos el que me hizo soñar otra vez.

Y, entre humo azul y papelitos de celebración que ya no eran de este mundo, desapareció de nuevo para continuar presente para siempre.

Cada noche era una historia.

El amante que no se atrevió a coger el avión. La hija que no llegó a decir “lo siento”. El joven que no evitó que subieran a aquel coche.

Los escuchaba a todos. Liberaba el peso de sus remordimientos. Les ofrecía esa única noche. Pero con cada puesta de sol su dolor seguía sin desaparecer. Ahora podía dormir. Sí. Pero los sueños seguían sin ser suyos.

Su presencia permanecía allí. Su tumba, un recuerdo inalterable. La misma losa. El mismo hielo en el pecho cada vez que se sentaba a su lado.

Y entonces ocurrió. Una noche de luna llena, sin estrellas, sin viento. Entró al cementerio. Pero esta vez tomó otra dirección, como si algo lo llamara.

Ella.

Estaba allí, de pie, esperándolo, como sabiendo que él iría. A su lado, una tumba sin nombre. Ni fechas. Solo una piedra lisa.

Llevaba un vestido verde que combinaba con sus ojos. El mismo que había usado la última noche. La noche antes del adiós.

Al principio no hablaron. Solo se miraron. Y en ese silencio, se dijeron todo.

—¿Sabes cuál es la noche que cambiaría? —preguntó ella.

Él asintió.

—La misma que yo.

Los dos volvían a estar juntos sobre la arena de aquella playa. El cielo estaba despejado. Las estrellas se reflejaban en el mar.

Él tomó su mano. Ella le acarició el rostro.

Esta vez sí dijeron “te quiero”. Esta vez sí se besaron.

Esta vez sí juraron acompañarse al día siguiente.

No hubo lágrimas. No hubo adiós. Solo el amor que, por fin, pudo existir.

Al regresar, caminaron juntos al cementerio.

Él lo sentía. Sabía que esta vez no saldría.

Se sentaron en el banco. El mismo de siempre. Frente a ellos la tumba ahora tenía un nombre grabado. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Sus dedos se entrelazaron.

—Tardamos —susurró ella, con una sonrisa más cálida que cualquier amanecer—. Pero al final nos volvimos a encontrar.

Entonces, lo sintieron: el rocío los envolvía. No como una lluvia inoportuna, sino como el abrazo de la eternidad.

Él se levantó. La acompañó hasta su tumba. Ella no parecía temerosa. Era como si ya supiera lo que vendría.

—Aquí es donde termina nuestro viaje —dijo ella con dulzura, antes de besarlo y desaparecer.

Él tragó saliva. No tenía miedo, lo había perdido en cuanto vio sus ojos, pero algo en su pecho se resistía. Como si parte de él aún creyera que amanecería, que volvería a recorrer el cementerio, que otra historia le aguardaría bajo alguna lápida olvidada.

Pero no.

Lo supo al ver sus propias manos: ya no temblaban. Ya no sentía cansancio. Ya no necesitaba dormir.

Por fin, descansaba.

Al levantar la cabeza, la figura que lo había llevado hasta allí con su encargo estaba de vuelta. Igual de ambigua, igual de indescriptible.

—¿Se acabó? —preguntó él.

La figura no respondió. Solo alzó una mano y señaló las sombras. Allí, poco a poco, empezaron a surgir ellos.

Todos.

Uno a uno, los muertos a los que acompañó iban haciendo acto de presencia. Todos estaban allí.

Lo miraban.

Y sonreían.

—Yo solo... los ayudé a vivir una noche.

—Una noche puede cambiar una eternidad.

Él bajó la vista.

—¿Y ahora? ¿Es el final?

La figura negó.

—No. Ahora te quedarás. Esperando al próximo que no pueda dormir. Para permitirle vivir aquello que se lo impide.

Así lo tomó del brazo y juntos caminaron hacia la tumba que ahora tenía su nombre.

Y la noche siguió. Mientras las luces de la ciudad iluminaban las calles como luciérnagas en el bosque.

El mundo dormía. Pero entre las grietas de la oscuridad, alguien ofrecía una noche más. Una oportunidad.

No era un dios. No era un demonio. No era un sueño.

Era solo un hombre que no pudo dormir por amor. Y que por amor, eligió no despertar.



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