Selecionado en el XXIV Concurso de Cuentos Infantiles sin fronteras de Otxarkoaga

Desde la organización del XXIV Concurso de Cuentos Infantiles sin fronteras de Otxarkoaga, en Bilbao, me han informado que mi cuento Pequeños Gestos ha sido uno de los cuentos seleccionados en esta edición del concurso para su publicación. Por lo que mi obra será una de las publicadas en libro, lo cuál me supone unha gran alegría tanto por su publicación, por la temática del concurso y por hacerlo en un concurso que lleva ya 24 ediciones. La lectura de los cuentos seleccionados tendrá lugar el 10 de mayo en Bilbao. A continuación os dejo mi cuento Pequeños Gestos

 PEQUEÑOS GESTOS

Aquella mañana, los enanitos se marcharon como siempre a la mina, silbando su canción favorita. Todos menos uno.                                                                              

Mudito se quedó en casa, sentado en una silla, con la pierna escayolada y apoyada sobre un taburete. Llevaba dos semanas de baja tras un pequeño derrumbe. Nada grave, pero lo bastante para tener que caminar con muletas durante un tiempo.

—Tú descansa, Mudito —le había dicho Doc al salir. 

Él asintió, con su sonrisa discreta de siempre. No hablaba, no porque no quisiera, sino porque nadie parecía saber escuchar sus manos. Hacía tiempo que se había cansado de intentar enseñarles el lenguaje de signos. “No tenemos tiempo para eso”, decían.

Esa mañana Blancanieves estaba en el jardín, recogiendo flores. Mudito la observaba por la ventana. Le gustaba verla moverse entre los rosales, ligera, feliz. Hasta que una figura apareció por el sendero.                                                              

Una anciana, con un cesto lleno de pasteles, se acercaba con paso torcido. Mudito entrecerró los ojos. Había algo en ella que le resultaba inquietante. Cuando un rayo de sol iluminó el rostro de la mujer, lo vio claro: era la Malvada Reina, otra vez.

Mudito se levantó de un salto, o lo intentó. La pierna herida no le ayudó. Se apoyó en las muletas y avanzó hacia la puerta. Debía avisar a Blancanieves.

—¡Malditos escalones! —pensó mientras intentaba cruzar los peldaños del porche—. Siempre insistía en que hacía falta una rampa. Pero claro, ¿quién iba a escuchar al que no tiene voz?

Afuera, la Reina ya ofrecía a Blancanieves un pastel recién hecho.

Al fin logró salir al jardín, justo cuando Blancanieves cogía un trozo del pastel. Mudito se lanzó hacia ella, haciendo signos frenéticos: peligro, bruja, no comas. Pero Blancanieves lo miró, sonrió con dulzura y comió. Ella tampoco había aprendido la lengua de signos.

El pastel cayó al suelo. Blancanieves se desplomó sobre la hierba. Mudito quiso gritar. Corrió, o cojeó, lo más rápido que pudo, hacia el teléfono. Marcó el número del médico del pueblo, el primo de Doc. Intentó explicarse con sonidos, gestos y respiraciones agitadas. El médico no entendía nada, pero al ver el número grabado en la agenda del teléfono decidió acudir de inmediato. 

Minutos después, una ambulancia atravesaba el bosque.                                             

—¿Qué le ha pasado? —preguntaron los camilleros.                                                   

Mudito señaló el pastel mordido y se explicó con el lenguaje de sus manos.

—¿Se ha atragantado?                                                                      

Negó. Tomó una libreta y escribió lo sucedido.                                                              

Al leerlo decidieron llevarla al hospital. Sacarla en camilla fue otro inconveniente.

—¿Quién fue el lumbreras que puso estos escalones? —murmuró uno de los camilleros—. Una rampa no costaba tanto.

Mudito asintió, agotado. Al menos alguien lo entendía aunque fuese sin palabras.

En el hospital los médicos aplicaron el antídoto sin necesidad de llamar a ningún príncipe.            

Esa misma noche, Blancanieves descansaba de nuevo en casa, con el alta médica y el susto aún en el cuerpo. Dormía tranquila, con un leve dolor de cabeza.

Cuando los demás enanitos regresaron de la mina, Mudito les explicó lo sucedido por escrito, en un cuaderno de tapas rojas. Tardaron un buen rato en leerlo.               

Doc fue el primero en hablar:                                                                                         

—Esto no puede volver a pasar. Mañana compro unos libros de lenguaje de signos.

Gruñón, a regañadientes, añadió:                                                                                  

—Y yo me encargo de la dichosa rampa.

Mudito sonrió. Esa noche, no cerró el cuaderno, en él escribió hasta tarde, con la lámpara encendida. Cuando al día siguiente sus compañeros practicaban los primeros gestos, dentro de la libreta ya empezaban a nacer nuevas historias.

En una de ellas, Caperucita —ciega desde niña— reconocía al lobo al tocarle el hocico con las manos y lo echaba a bastonazos del bosque. En otra un Ulises sordo navegaba sin caer en el engaño de las sirenas. Mientras, el príncipe ayudaba a Cenicienta a ponerse el zapato de cristal sin importarle la silla de ruedas desde la que ella sonreía.

Historias distintas, donde la discapacidad no era un obstáculo.                                   

Mudito levantó la vista de su cuaderno. Afuera, la rampa ya estaba casi terminada. Los enanitos practicaban signos con torpeza pero con ilusión. Blancanieves sonreía.

Y entonces, Mudito y sus compañeros comprendieron que, con comprensión y empatía, estaban cambiando el cuento.



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