El hombre que recordó amar. Finalista en el VII Certamen de relatos y cuentos Asociación Nacional de Artistas Carmen Holgueras (2025)
Aunque no fue finalmente galardonado, el relato El hombre que recordó amar estuvo entre los finalistas del VII Certamen de relatos y cuentos Asociación Nacional de Artistas Carmen Holgueras.
EL HOMBRE QUE RECORDÓ AMAR
Ella dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla y se quedó mirándolo en silencio, como si el resto del local fuera solo un decorado de una película de Godard. Él le devolvió la mirada, como si en torno a aquellos ojos verdes girara todo el universo. La cafetería estaba medio vacía, solo se oía el vapor de la cafetera y el tintineo de las cucharillas con las tazas. Llevaban ya dos años trabajando en la misma empresa, intercambiando correos, saludos y charlas a la hora de comer. Ninguno había tenido el valor. Hasta ahora. Él se levantó y se sentó en su mesa.
—Tenía ganas de verte —dijo ella, al fin, cuando lo tuvo delante.
—Yo de no dejar de verte nunca más —respondió él.
A partir de ahí, ya no fue necesario decir nada.
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Esa fue la primera vez que ocurrió. Los veía cada día cuando salían de trabajar, mientras tomaba un café con leche. E inspirado en aquello comenzó a llenar aquellas páginas, narrando un encuentro casual en una cafetería. Cuando lo terminó, Carla y Mateo por fin vieron unidos sus destinos, al igual que en su relato.
Y tras ellos, multitud de parejas más. Algunas se encontraban en bibliotecas, otras en vagones de metro, otras cuando las discotecas cerraban y el sol comenzaba a asomar. En un mundo donde nadie recordaba cómo enamorarse, sus historias se convirtieron en milagros que devolvían al mundo un sentimiento que se creía perdido.
Con el paso del tiempo el amor había cambiado, para ser primero una llama, luego una costumbre y, al final, un algoritmo. Las aplicaciones de citas optimizaban compatibilidades, las redes sociales construían relaciones efímeras. Y en algún momento, la chispa se extinguió. El amor dejó de ser un sentimiento, hasta que desapareció del todo.
Los sociólogos intentaron bautizarlo de muchas maneras, pero ninguno era capaz de explicarlo por completo. La única certeza es que la gente no sabía amar. Las poesías y las cartas de amor eran ecos del pasado. Ya no se escribían canciones ni películas que no parecieran diseñadas por inteligencia artificial. La humanidad había olvidado cómo amar, salvo por él y sus historias.
Nadie sabía su nombre. Puede que tampoco importe. Solo que firmaba como D.
Vivía solo en un pequeño apartamento lleno de libros. Cada día transitaba por la ciudad, buscando un lugar en el que escribir, a veces un parque, otras una plaza o incluso en la terraza de algún bar. Por mucho que le preguntaban, no tenía respuesta, no sabía el por qué, pero lo cierto era que sus historias funcionaban. En un mundo que necesitaba volver a sentir, él les mostraba cómo.
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La mujer se levanta para dejarle pasar. Ella había entrado antes al avión pero, para su pesar, era él quien iría en ventanilla. El avión despega, el carro comienza a pasar por el pasillo empujado por la sonriente azafata. Mientras uno lee un libro, la otra escucha música a través de sus auriculares. Entonces el comandante toma la palabra. Van a atravesar una zona de turbulencias. Todos se colocan el cinturón, se escucha recoger bandejas. Ella traga saliva, mientras él sigue concentrado en el libro. Empiezan los temblores, el avión se sacude, al principio levemente, luego de forma brusca. Se escucha algún ligero grito. Las sacudidas continúan, alguien llora. En la fila 7 ella le agarra la mano, él deja el libro y observa las lágrimas brotar de sus ojos. Ella le cuenta que le da pánico el avión, es su primer vuelo, obligada por el trabajo. Él sujeta su mano, firme, con una sonrisa, hace una broma tonta y consigue hacerla reír, su risa es hermosa. El avión se calma, las luces de los cinturones se apagan. Sus manos no se sueltan.
La historia ya estaba escrita. Se había escrito en un banco de madera la semana anterior.
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No todo eran finales felices. Había quienes compartían una mirada en un semáforo y no volvían a verse. Quienes eran separados por la distancia. Y quienes no eran correspondidos. Historias de amor breve. De amor imposible. De amor como los de antes. De amor del de siempre. Porque incluso eso se había olvidado: que el amor, a veces, también duele.
Un día escribía sobre un bibliotecario y la mujer que se sentaba a leer cada martes en la misma mesa. A la semana siguiente, alguien le escribió contándole que, sin saber cómo, se había atrevido a hablarle a la mujer de la mesa 8. Que llevaban ya tres cafés. Y una cena. Y una vida por delante.
Otra vez imaginó a dos personas que coincidían a diario en la misma parada de autobús, sin hablarse, solo cruzando miradas. Y que una tarde, después de que un perro les hiciese reír tras llenarlos a los dos de barro, comenzaron a reír juntos a diario. Poco después de poner el punto final, al norte de la ciudad, una pareja paseaba con un perro hacia un futuro de la mano.
Y así, sin anunciarlo, sus cuentos se convertían en realidades.
Pero ninguno era el suyo.
D. escribía. Siempre solo. Por las noches en la cama llenaba su cabeza de ideas y sueños que plasmar al día siguiente. Sintiéndose una especie de Cupido, con lápiz en lugar de flecha y libreta por arco. Él en cambio seguía sin experimentar aquello sobre lo que escribía. Como si escribir sobre el amor fuese lo opuesto a vivirlo. Cada historia que creaba nacía de una soledad perpetua, de un vacío que conocía demasiado bien.
Había probado a enamorarse. Por supuesto que lo había intentado. Durante los primeros años, cuando sus palabras eran solo eso: palabras. Pero ahora ya no eran simples combinaciones de letras, eran semillas. Brotaban donde caían y, si se cuidaban bien, eran capaces de florecer en el pecho de dos personas que aún no sabían que iban a encontrarse.
Al final, lo aceptó como un precio justo. Si no podía amar, al menos podía ayudar a que otros lo hicieran. ¿No era eso hermoso?
Un día, mientras hojeaba un viejo cuaderno, encontró una foto. Ella. No había olvidado su nombre, tampoco su sonrisa. Sus ojos habían inspirado muchas de sus historias. Se habían conocido en la universidad, una noche lluviosa. Apenas hubo una historia. Una primera conversación, aquel beso de despedida en el portal, y los meses de verano. Pero como el verano, llegó a su fin. Esa noche no durmió, se sentó en su escritorio y, allí, escribió sin descanso. Por primera vez, no era una historia para otros.
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Escribió sobre un hombre que había olvidado cómo amar, que había llenado las vidas de los demás de afectos y encuentros, pero que jamás había recibido uno. Que un día se encontró con una mujer que parecía salida de un sueño antiguo, como si hubiese escapado del pasado. Había cambiado, los dos lo habían hecho. Pero aquellos ojos seguían brillando como dos faros.
Siguió escribiendo. En el relato, ella también lo reconocía. Los dos se abrazaban y se sentaban en la barra del bar donde se conocieron años atrás. Aquel en donde se tomaban las primeras copas los jueves al salir de la facultad. Y hablaban. Y el tiempo parecía detenerse. Y el hombre, por fin, sentía amor. Uno real. Uno suyo.
Cuando terminó, no supo qué hacer. No tenía a quién enviarlo. Tampoco un motivo, excepto el deseo de que existiera. Lo tituló con el nombre que nunca había olvidado, y lo guardó junto al cuaderno en donde había encontrado su foto. Sabía que, cómo aquella instantánea, perduraría allí, un recuerdo de lo que nunca llegó a ser. Pero no importaba. Lo había escrito.
Esa noche, se fue a dormir y soñó con ella. Con sus ojos y su sonrisa. En el sueño, ella leía su historia. Y lloraba. Y sonreía. Y lo buscaba. Y lo encontraba.
Y cuando despertó, no despertó del todo.
Estaba en una habitación que no era la suya. Rodeado de estanterías de madera y cuadros llenos de colores. Caminando sobre la moqueta se acercó a una ventana que daba al jardín. Afuera, una mujer con vestido rojo regaba las flores. Se giró. Lo miró. Y sonrió.
Diego la reconoció y, entonces, también sonrió.
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Nunca nadie supo más de aquel escritor. Pero sus cuentos siguieron circulando entre la gente. Y algo curioso comenzó a pasar. La gente, al leerlos, no solo se enamoraba. Sino que muchos otros empezaron a escribir los suyos. No necesitaban ya a nadie que les inventara el amor. Bastaba con recordar. Bastaba con buscarlo en el corazón. Para así crear nuevas historias.
Y entre todas ellas, escondida entre líneas, uno aún puede encontrarla: la historia del hombre que recordó amar. Ese que con su último cuento, se convirtió en parte de él.
Porque a veces, el último amor es el principio de todos los demás.

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