Donde el mar empieza. Finalista en el I Certamen de relatos Murcia Sur News (2025)
Desde Murcia Sur News organizaron este 2025 su primera edición del certamen de relatos, que debían estar relacionados con Murcia o alguna de sus poblaciones, siendo mi obra Donde el mar empieza seleccionada entre los finalistas, lo que conllevará también su publicación en libro en 2026 y que se podrá comprar en ese momento a través de Amazon.
DONDE EL MAR EMPIEZA
La niebla se deslizaba entre los árboles como una caricia que el tiempo deja sobre la memoria. Atrás quedaban las suaves colinas del interior murciano y el cielo despejado que había acompañado su viaje desde Granada.
A pesar de las previsiones de calor y bochorno, el trayecto desde la ciudad andaluza había sido sorprendentemente fresco, con alguna brisa marina que se colaba entre los cerros. Ahora, mientras descendían por las carreteras costeras hacia Cartagena, una ligera bruma mediterránea empezaba a cubrir el horizonte.
Nacho siempre había preferido el avión a los viajes largos en coche, pero ni el punto de partida ni el destino lo permitían. Días antes, el navegador del coche marcaba algo más de tres horas de viaje por autovía. La idea era tomar la A-7, parar a comer en algún pueblo cercano, y luego continuar hacia Cartagena. El plan era perfecto, y mejoró aún más cuando Nuria aceptó acompañarlo.
Nacho no conocía Cartagena. Ella, en cambio, había nacido allí, y la idea de mostrarle su ciudad le ilusionaba tanto como el viaje mismo. Se habían conocido en el curso de verano organizado por la universidad, él estudiaba en Granada y ella había viajado desde la Universidad Politécnica de Cartagena. Su compañía había hecho que esos meses pareciesen buscar la eternidad, pero al mismo tiempo las horas corrían a una velocidad que solo el paso de los años te hace comprender. Nacho había dudado en invitarla, pero finalmente se decidió. Era Nuria quien lo había convencido de participar en aquel concurso pero, ella le gustaba mucho, y eso acostumbra a generar miedos y temores, por muy estúpidos e incomprensibles que sean. Ahora, tras armarse de valor, los dos cruzaban el sureste peninsular en su Seat rojo, con el mar por destino.
El sol, intentando esquivar las nubes, se filtraba por la ventanilla, realzando el brillo del cabello de Nuria. Nacho trataba de concentrarse en la carretera, mientras ella elegía canciones que salían como susurros de los altavoces, pues la conversación entre ambos era la verdadera banda sonora.
Pararon a comer en Hellín, a medio camino, donde disfrutaron de un arroz en una terraza con vistas a los olivares. Tras la comida, pasearon por las calles del casco antiguo antes de proseguir con el viaje. Sentados en un banco frente a la iglesia, Nuria apoyó la cabeza sobre el hombro de Nacho. Él la abrazó sin decir nada. Fue un momento efímero, cotidiano, de los que duran unos segundos pero permanecen para el resto de tu vida. Se habían besado por primera vez, aunque sus labios aún no se hubieran encontrado. A partir de ahí, el camino restante hasta Cartagena se hizo corto.
El certamen literario se celebraba en una biblioteca cercana al puerto, rodeada de edificios antiguos y aromas salinos. Aunque Nacho no resultó ganador, le otorgaron un accésit y su relato fue publicado. Era un logro, pero el mayor premio era compartir tiempo con Nuria. Visitaron el Teatro Romano, subieron al castillo, comieron pescado observando el océano y se amaron como solo los jóvenes en verano pueden amarse.
Aquel viaje marcó el inicio de un camino que no pudo terminarse. El final del verano, las ciudades distintas, las promesas que se diluyen. Nacho regresó a Granada, Nuria se quedó en Cartagena. Las cartas se espaciaron, las vidas siguieron su curso.
Ahora, más de cuarenta años después, Nacho volvía a estar allí. Ya no quedaba mucho de aquel joven de sonrisa viva con el corazón lleno de ilusiones. Había cambiado todo, excepto el Mediterráneo. Ese mar, cálido y tranquilo, que ella decía que se llevaba los miedos.
Con el pelo gris y la mirada apagada, observaba el horizonte desde el mirador de Cala Cortina. Las imágenes se agolpaban: la brisa en sus rostros, las risas en los bares, los besos en la arena. Y aquel baño improvisado al atardecer, con Nuria corriendo hacia el agua. Él la siguió, mientras tiraba la camiseta sin importar dónde caía, para abrazarse bajo la primera ola. Ella dijo que si escribían el uno sobre el otro, su amor sería inmortal, y durante todos aquellos años, en parte él lo había hecho. Con otros nombres e identidades, pero ella y sus ojos azules nunca habían dejado de estar en sus cuentos y relatos.
Nunca llegó a saber si se casó, si tuvo hijos, si fue feliz. Ella permaneció en su memoria, como la luz del faro, siempre presente aunque sin poder llegar a tocarla.
Cuando supo que su relato, uno que hablaba del mar y de un amor con fecha de despedida, había sido premiado y que la entrega sería en Cartagena, sintió que era una señal, su propia despedida. Su médico había sido claro: un año, tal vez menos. Aquel viaje sería el último.
Dejó su maleta, comió ligero en el restaurante del hotel, y salió a caminar por la playa. Sintiendo la arena bajo los pies, revivió aquellas tardes de verano. Por la noche, desde el balcón de su habitación, escuchó las suaves olas como el eco de un pasado que se perdió en el camino.
A la mañana siguiente, impulsado por una melancolía, buscó la antigua casa de Nuria. No sabía lo que se encontraría, ni siquiera sabía si seguiría en pie, pero antes de que todo llegase a su fin necesitaba hacer aquello. Llamó con timidez, casi acariciando la puerta con sus nudillos. Le abrió una mujer joven.
—¿Puedo ayudarle?
—Buscaba a Nuria Ramos. Vivía aquí hace mucho.
La mujer bajó la mirada.
—Soy su hija. Mi madre falleció hace ya unos años.
Las palabras le golpearon como una ola de realidad.
—Lo siento. Éramos viejos amigos. No nos habíamos visto en años y solo quería despedirme.
La mujer lo observó unos segundos, tomando la palabra antes de que pudiera irse.
—¿Eres Nacho?
Él asintió, sorprendido por oírle pronunciar su nombre.
—No has cambiado tanto desde la foto. Mi madre me habló de ti. Guardaba una foto de los dos. Y, la verdad, tenía razón con tu acento.
Se llamaba Iria. Lo invitó a pasar y, durante más de una hora, le habló de su madre. Contándole esa vida que tantas veces se preguntó cómo habría sido. Iria había sido su única hija y, pesar de su trabajo en una empresa de turismo, Nuria nunca había dejado de escribir. Lo hizo hasta su último día, y de todo aquello que había escrito, había algo que Iria debía entregarle.
Volvió con un cuaderno. En la tapa se podía leer el título: "Donde el mar empieza". Dentro, un relato. Su historia, la de Nuria y Nacho y aquel verano. Y al final, una dedicatoria:
"Para quien aún vive entre las olas. Si algún día lo lees, sabrás que donde el mar empieza hay amores que nunca terminan".
—Me dijo que si algún día volvías, te lo diera. Dentro he guardado vuestra foto.
Aquella noche, mientras le entregaban el premio, Nacho solo pensaba en ese cuaderno y en la foto de dos jóvenes en la playa. De vuelta en el hotel, leyó el relato bajo la luz de la luna mediterránea.
Esa noche, Nacho abrió su cuaderno y comenzó a escribir como antaño. No como despedida, sino como un nuevo principio. Aún no sabía cuántos días le quedaban, pero comprendía que aún podía escribir un último capítulo. Allí donde una vez fue feliz. Allí, donde el mar empieza.

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