La sangre de la vendimia. 2º Premio en el XV Concurso de Relatos Breves María Moliner

Durante el día de ayer, 27 de mayo, el Ayuntamiento de Utebo hizo público el fallo del XV Concurso de Relatos Breves María Moliner, en el que mi obra La sangre de la vendimia ha sido galardonada con el 2º Premio del certamen. La entrega de premios se realizará en Utebo (Zaragoza) durante el mes de junio en una fecha todavía por concretar. Además en este relato como nombre para el pueblo en donde se desarrolla esta historia de crimen, investigación y misterio he tomado el de una parroquia de Arzúa, al ocurrir todo en el lugar de Brandeso.

A continuación como siempre os dejo el relato para que podáis leerlo y la imagen que la inteligencia artificial de Google ha desarrollado inspirada en la obra. Espero que os guste y como no agradecer desde aquí al Ayuntamiento de Utebo la convocatoria del concurso y la selección de mi relato como merecedor del segundo premio.

LA SANGRE DE LA VENDIMIA

Me llamaron cuando el olor a mosto ya impregnaba los caminos. Lo cierto es que jamás había visitado una bodega, y mucho menos un pueblo como este, dedicado casi en su totalidad a la elaboración del vino. A mi llegada, una niebla densa parecía querer ocultar el paisaje rural del pequeño lugar de Brandeso. El sargento Gómez había sido muy claro en su llamada: animales muertos, varios en una misma semana, desangrados, con marcas en el cuello. Y entonces, el cuerpo de la joven, encontrado al amanecer junto al río, con idénticas señales en la garganta.

La idea de contar conmigo había sido suya. La verdad, me extrañó, no resulta muy habitual en el cuerpo de policía que agradezcan la presencia de un asesor externo, menos aún en un campo como el mío. Me contó que había leído mis libros y había seguido con gran interés las noticias que desde hacía años la prensa, de forma recurrente, publicaba sobre mis enfrentamientos e investigaciones de seres paranormales. En especial habían logrado gran notoriedad los casos de El Conjuro de Puertavieja y de El licántropo de los Cárpatos.

Cuando en Brandeso comenzaron a sucederse los enigmáticos hallazgos, todo el mundo evitó pronunciar la palabra que se les vino a la cabeza. No podía ser posible. Pero el tipo de muertes y las marcas en el cuello estaban ahí y, si habían recurrido a mí, estaba claro que el miedo corría por sus venas, y que la presencia de un ser maligno rondaba sus mentes.

La vida en el pueblo parecía discurrir con normalidad: jornaleros que regresaban de la vendimia, algunos niños jugando, el humo saliendo por las chimeneas. Sin embargo, nadie me sostuvo la mirada demasiado tiempo, algunos me observaban con desconfianza y cuchicheaban con los demás. En un pueblo pequeño, un desconocido siempre es un elemento extraño, más aún tras los tétricos acontecimientos que justificaban mi presencia.

Llegué a la pensión de Eladia. La noche se acercaba y necesitaba descansar después de un largo y arduo viaje. En la recepción esperaban dos mujeres. La mayor se presentó con voz estridente:

Usted debe ser Tobías. Fernando nos avisó de que vendría. Que Dios le asista.

Me di cuenta de que se refería al sargento por su nombre de pila.

Yo soy Eladia, la propietaria, y esta es mi hija, Rosalía. Ella le acompañará a su habitación. Yo mientras prepararé la cena —continuó hablando tras el mostrador.

Le di las gracias y seguí a su hija escaleras arriba, mientras ella se dirigía hacia la cocina. Se trataba de una mujer de escasa estatura, pelo corto y una voz aguda que resultaba casi molesta. Rosalía, en cambio, era más alta y lucía media melena color castaño, con una piel pálida que parecía hacer resaltar el brillo de sus ojos verdes.

Cualquier cosa, no tiene más que avisarnos —me dijo con una amplia sonrisa, en contraste con el semblante serio que me había dedicado su madre.

Tras asentarme en la habitación y darme una ducha de agua bien caliente, bajé a cenar. Durante el transcurso de la cena, Eladia, que regentaba la pensión desde que se quedó viuda, me dio a conocer las primeras historias: bodegueros enfrentados, herencias mal cerradas, lindes discutidas entre vecinos. En cuanto a la chica asesinada, se llamaba Belén y trabajaba en casa de Ricardo Castro, dueño de la mayor bodega del lugar y en cuya finca también habían matado a uno de los animales.

Al día siguiente, tras un desayuno copioso, me encontré con el sargento, que me llevó a los distintos lugares donde aparecieron los animales y la mujer.

Los animales habían sido encontrados en prados, atacados de noche. Y en todos ellos, efectivamente, había dos perforaciones en el cuello. Pero más allá de aquellos agujeros, habían sido degollados y desangrados casi por completo. La mujer, en cambio, había sido atacada junto al río y, al igual que el ganado, tenía dos incisiones en el cuello que también había sido rajado casi por completo.

Cuando llegamos a los dominios de la familia Castro, donde un sinfín de trabajadores faenaban sin descanso, un hombre de unos sesenta años, vestido con camisa y chaleco se nos acercó al vernos.

Portaba un bastón, a pesar de que no se le advertía ninguna cojera, con una opulenta empuñadura de oro imitando la cabeza de un lobo y sus iniciales grabadas en el mismo material, en la mitad del bastón de caoba. Al llegar a mi altura, me dio un firme apretón de manos y se presentó como Ricardo Castro.

Bienvenido a nuestras tierras —dijo—. Esperábamos su llegada. Alguien debe ayudarnos a detener a ese monstruo o nos acabará matando a todos como a la pobre Belén. Supe desde el día que llegó a este pueblo que ese desgraciado traía consigo la muerte.

Sus palabras me sorprendieron.

¿A quién se refiere? —pregunté.

¿Es que acaso no se lo ha dicho? —se dirigió contrariado hacia el sargento—. El nuevo, el del castillo, todos sabemos que ha sido él. Llegó hace un año, unos dicen que desde Rumanía, otros que desde Moldavia, sin que nadie lo conociera. Adquirió la bodega y las propiedades a los Fernández después de morir el viejo; a saber si eso no fue ya cosa suya.

No quería incitarle ninguna idea preconcebida antes de que pudiera investigar por su cuenta —interrumpió Gómez.

¿Tampoco le han contado que nunca se deja ver de día? Solo de noche se ven luces en ese castillo y su silueta paseando entre las cepas. ¿A quién más ha de matar antes de que clavemos una estaca en su pecho vacío de alma?

El resto de la visita a través de los terrenos del señor Castro transcurrió entre acusaciones continuas al habitante de ese viejo castillo rodeado de vides.

Al volver a la pensión repasé las notas de mi cuaderno, mientras revisaba las fotos de los cadáveres que me había dado el sargento. Cuando ya anochecía me miré en el espejo del cuarto, ajusté el cuello de la camisa y me dirigí a visitar el castillo.

Si, como decían, aquel enigmático hombre solo salía de noche, no había mejor momento. Eso sí, en mi abrigo había introducido, bien disimulados, mi puñal y una pequeña estaca, precavido ante lo que pudiera encontrarme.

La realidad es que el castillo no era tal cosa, sino una casa fortificada del siglo XVIII. Allí me recibió un hombre alto y delgado, cuyo acento hacía imposible disimular su lejana procedencia, que me invitó a entrar de forma educada.

Dentro, la casa olía a piedra húmeda y a vino. De inmediato me fijé en las manchas oscuras que tenía en su camisa blanca.

Es lo que tiene dedicarse al negocio del vino —aclaró, al notar mi mirada—. Deduje que vendría a visitarme.

Nos sentamos junto a la chimenea, a cuya luz pude comprobar que decía la verdad en cuanto a la procedencia de las manchas.

Se llamaba Florin y, aunque no saliese de su casa, estaba enterado de todo a través de sus trabajadores.

Al principio conversamos de uvas, de vino, de su país de origen, de la compra de la propiedad y al final, de los asesinatos. No vi en él sangre ni colmillos, ni tampoco el mal en su mirada. Solo vi miedo. El miedo de quien sabe que todo un pueblo desea encontrar un monstruo al que culpar.

Provengo de una tierra de leyendas oscuras. No sé qué ser es el responsable de lo que está pasando pero, desde luego, no se encuentra entre estas paredes.

¿Por qué nunca abandona la casa? —pregunté—. Dicen que solo lo han visto caminando por aquí de noche.

La única vez que lo hice incendiaron el viñedo, si no llega a ser por uno de los jornaleros me habría quedado sin nada. Desde que llegué ese hombre me advirtió de que me fuera, no quería que nadie compitiese con él. Por eso abandonaron el pueblo los Fernández, al venderme esto me avisaron de lo que ocurriría. Ese es el motivo de que no salga, salvo por las noches cuando paseo por la finca, para evitar que le ocurra nada a mi plantación... o a mí.

¿Se refiere a Ricardo Castro?

Por supuesto, tiene a todo el pueblo bajo su control. Me dejó claro que mi sitio no estaba aquí.

Seguimos hablando hasta tarde pero al salir supe que había muchas más cosas por aclarar de las que creía y, la aparición de otro cuerpo a la mañana siguiente, me lo confirmó.

El cadáver fue encontrado junto a los lagares antiguos, donde ya nadie pisaba uva desde hacía años. Un temporero. Nadie del pueblo, o eso dijeron. Tenía las mismas dos marcas en el cuello, pero esta vez no lo habían degollado. El cuerpo no presentaba signos de lucha, parecían haberlo sorprendido por la espalda.

La policía buscó sin éxito pruebas en el escenario del crimen, tomó notas, sacó fotos y se marchó; yo observé en silencio. El sargento no me dirigió demasiadas palabras, empecé a sentir que dudaba de que llamarme hubiese sido un acierto.

Durante el resto del día me dediqué a recorrer las viñas. La vendimia seguía como si nada. Eso es lo que más me inquietó: la normalidad frente al horror. Supongo que el vino no espera, aunque haya muertos.

Hablé con los vecinos y oí historias sobre amores de conveniencia, peleas espoleadas por la bebida y viejas rencillas fermentadas durante generaciones, como el tinto en barrica. Al final les acababa preguntando a todos por lo mismo, por Florin y por Ricardo Castro.

De Florin, nadie sabía ni había visto nada, pero todos estaban convencidos de que era el responsable. Aunque nadie me lo decía, entendí que en cualquier momento alguien se tomaría la justicia por su mano.

En cambio, de Ricardo nadie se atrevía a hablar demasiado. Observé que la práctica totalidad de las fincas y propiedades de Brandeso le pertenecían y que se dedicaba a arrendarlas por unas condiciones bastante abusivas a sus paisanos. Más que respetarlo, la gente parecía temerlo.

De todo ello hablé esa noche con Eladia y Rosalía. Fueron ellas las que me contaron algo nuevo. En Eladia no había temor ni miedo, decía lo que pensaba con su voz aflautada y punzante. Me explicó que Ricardo era un cacique, que nadie lo criticaba porque era el dueño de prácticamente todo el pueblo, lo que había usado siempre para explotar a los demás vecinos.

Cuando murió mi marido se ofreció a pagar el entierro. Pero me negué, antes lo habría enterrado en el jardín de casa con mi propia pala que deberle algo a ese desgraciado.

Mamá... —replicó Rosalía.

¡Ni mamá ni nada! Lo sabes bien hija. Si tu padre o yo nos hubiésemos plegado ante él como el resto, ahora serías una más de las concubinas que tiene trabajando en su casa —dijo Eladia algo más alterada.

¿Concubinas? —pregunté, interrumpiendo el conato de discusión— ¿A qué se refiere?

Las chicas que tiene trabajando en su casa. La gente actúa como si lo ignorase, pero todos en el pueblo saben lo que les hace a esas pobres chicas. Por eso nunca dejo que Rosalía salga de noche, sé bien lo que hace ese malnacido entre los montes y los caminos —explicó Eladia con un tono de voz aún más agudo.

¿Cree que Belén también era una de esas chicas?

Eladia tardó unos segundos en contestarme.

Lo único que sé es que no era la primera vez que la veían volver de madrugada desde la zona del río. ¿Qué iba a hacer una chica allí a esas horas?

Esa noche casi no pude dormir. Los pensamientos se arremolinaban en mi cabeza. Incapaz de conciliar el sueño, salí a dar un paseo para aclarar las ideas. Había luna llena y las estrellas brillaban con una luz intensa. Mirando ese cielo que bien podría haber inspirado una obra de Van Gogh, sentí como si todo comenzase a tomar forma. Casi una hora después, ya más sosegado y vencido por el cansancio, volví a la cama.

Con la salida de los primeros rayos de sol, me levanté, me vestí, volví a ajustarme bien mi camisa y partí sin siquiera desayunar. Necesitaba volver a hablar con Ricardo Castro.

Al llegar a la entrada de la finca vi el revuelo. Dentro de la propiedad se amontonaba una muchedumbre, junto a ellos estaba también el sargento, acompañado por otros dos guardias. Me acerqué a paso acelerado.

¿Quién le ha avisado? —me preguntó Gómez.

Habían encontrado otro animal muerto, con las mismas dos marcas, esta vez, de nuevo, sin degollarlo.

No creo que podamos calmarlos; quieren linchar al extranjero. No tengo pruebas para detenerlo, pero todos saben que ha tenido que ser él —el sargento hablaba nervioso, dispuesto a entregarse a la turba.

Incluso lo comprendí, si se oponía podía ser él quien se llevase la peor parte.

¿Usted qué opina? ¿O acaso no ha venido para acabar con ese vampiro asesino? —gritó Ricardo señalándome con su bastón.

La multitud se giró hacia mí, observándome con expectación. Me ajusté de nuevo el cuello de la camisa y tomé la palabra.

En parte tiene razón —respondí, aprovechando el momentáneo silencio que se había hecho— he venido a frenar a un asesino... aunque no vayan a ser necesarios ajos ni estacas.

Un sentimiento de extrañeza se apoderó de los allí presentes.

Continué hablando antes de que nadie pudiera interrumpirme.

Las marcas en los cuellos no eran mordeduras. Nunca lo fueron. Son perforaciones limpias, exactas, siempre a la misma distancia y con la misma forma circular perfecta. Se podía ver en las fotos que me facilitó el sargento. Demasiado precisas para un animal, para un hombre… y también para un vampiro.

¿Qué pretende decir con eso? —escupió Ricardo con desdén, apoyándose en su bastón.

Di un paso hacia él y señalé la empuñadura dorada.

El bastón. La cabeza del lobo. Los dos colmillos coincidirán exactamente con las marcas encontradas en los animales y en las víctimas humanas. Si se compara, no habrá dudas. Y no solo eso.

El murmullo creció entre la gente.

En el centro del bastón, donde están grabadas sus iniciales, esconde una hoja. Una espada corta, oculta, perfecta para degollar por sorpresa. Apenas se distingue la unión entre las partes, pero en los Cárpatos, mi buen amigo, me encontré más cosas de las que se podría imaginar. Los cortes en las gargantas coincidirán con su forma. Si la policía la analiza… seguramente encontrará restos de sangre.

El sargento Gómez lo miró entonces como no lo había hecho nunca desde mi llegada, mientras el estupor crecía entre los vecinos.

Los animales aparecieron en terrenos de su propiedad. Belén trabajaba en su casa. Era una de las mujeres a las que citaba por la noche junto al río. Cuando quiso dejar de serlo, cuando dejó de obedecer, la silenció. Y después usó su muerte, como la de los animales, para reforzar el miedo y culpar al nuevo vecino que amenazaba su monopolio con los viñedos. Por eso se encargó de echar a los Fernández y por eso mismo intentó incendiarlo cuando Florin lo desafió al adquirir la propiedad.

Ricardo dio un paso atrás. Por primera vez, el bastón le tembló en la mano.

Florin no es un monstruo —concluí—. El monstruo siempre estuvo aquí.

El silencio fue absoluto.

En ese momento, casi sin tiempo a reaccionar, el sargento dio la orden y los dos guardias procedieron a esposarlo. Por primera vez desde que pisé Brandeso vi el mal en los ojos de alguien, cuando Ricardo clavó su mirada en mi.

Salí del pueblo al amanecer del día siguiente, cuando la bruma aún se enredaba entre las viñas. El sargento Gómez me acompañó hasta el coche. No dijo nada al principio, había cansancio en su rostro.

Ha confesado —murmuró al fin—. Todo. Los animales, la chica, las amenazas, el incendio frustrado. Dijo que Florin era un intruso, que debía evitar que un cualquiera intentase adueñarse de algo que le pertenecía.

Asentí despacio.

Pero hay algo que no entiendo —añadió, deteniéndose—. Reconoció todos los crímenes… salvo dos. El último animal muerto y el jornalero. Dice que de esos no sabe nada.

Fruncí el ceño levemente, ajustándome nuevamente la camisa.

Tal vez haya cosas que ni siquiera él mismo comprende —respondí—. Nunca conocemos del todo la mente y el interior de nadie, sargento, aunque lo tengamos delante.

Gómez me observó con semblante reflexivo.

Cuídese —dijo al final—. Y no se lo tome a mal, pero espero no tener que volver a verlo por aquí.

Los dos sonreímos.

El coche arrancó y dejé atrás las casas de piedra, las uvas, el río y los ojos brillantes de Rosalía. Cuando el retrovisor ya no devolvía luces ni tejados, aflojé el nudo de la corbata. Las marcas seguían ahí, escociendo, antiguas, con su tono morado: el recuerdo de aquella mordedura que tantos años atrás me cambió por completo.

Ricardo necesitaba objetos punzantes y una hoja afilada. Yo no. Por eso en los dos últimos cuerpos no hubo degüello. Solo la marca de mis colmillos.

Aunque daba igual, ya nadie lo sabría, solo recordarían quién los salvó. Al menos, yo no lo hacía por placer ni por maldad, sino porque lo llevaba en la sangre.



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