Un trabajo en el campo. Accésit en el III Concurso de relatos La Tusa de Mingorría (2025)
La temática de este III Concurso de relatos La Tusa de Mingorría debía ser las labores agrícolas, el huerto y la vendimia. Centrado en ello escribí mi relato Un trabajo en el campo que fue seleccionado entre los accésits del certamen.
UN TRABAJO EN EL CAMPO
Nunca había madrugado
tanto.
El cielo apenas clareaba cuando
llegué al campo, con el cuerpo rígido por el frío y el corazón
agitado por los nervios. El dueño, un hombre alto con las manos
curtidas y la voz grave, me explicó mi cometido y me indicó la zona
en la que comenzaría a trabajar.
—Aquí vas a estar bien —me
dijo, mientras con la mirada me observaba de arriba abajo—. No te
preocupes, pronto te acostumbrarás.
Yo intenté aparentar seguridad, aunque por dentro temblaba. No sabía si sería capaz. Nunca había trabajado la tierra, ni comprendía del todo mi nuevo oficio. Pero algo en la serenidad del lugar, en ese olor a hierba húmeda y a tierra removida, me transmitió tranquilidad.
El sol comenzó a alzarse por el horizonte, redondo y naranja. El rocío brillaba sobre los surcos recién arados. A lo lejos, unas figuras se movían despacio entre las vides. Mis nuevos compañeros gritaban y reían, mientras se lanzaban bromas. Me habría gustado acercarme, presentarme, pero el capataz me indicó que no debía abandonar mi sitio. Ya habría tiempo a conocernos. Así que esperé.
Pronto nos acompañaron más sonidos: el rumor de las tijeras podando, el chasquido de los cubos llenándose, el traqueteo de los carros que iban y venían por los senderos. Todo era nuevo para mí, pero en aquel rincón de tierra había una belleza que solo puede emanar de la naturaleza.
Durante la mañana, sentí
cómo el sol me quemaba los brazos y la nuca; los demás parecían no
notarlo, ajenos al calor y al cansancio.
«Así es la vida en el campo»,
pensé, y me enorgullecí de resistir sin quejarme.
A media jornada, uno de
los jornaleros pasaron cerca de donde yo estaba. Uno de ellos, me
saludó con una palmada en la espalda.
—¿Nuevo, eh? —dijo
sonriendo—. Ya te irás acostumbrando. Aquí el trabajo no es
fácil, pero se lleva mejor si no te mueves mucho.
No supe qué
responder. Quizá me lo decía en broma, así que respondí
devolviéndole una callada sonrisa.
El día fue transcurriendo
entre el graznido de los pájaros y el murmullo del viento entre las
hojas. Vi cómo cargaban los carros, cómo se repartían el vino y el
pan en el descanso, cómo las manos de los hombres y mujeres parecían
fusionarse con la tierra.
Yo, desde mi lugar, observaba. Aprendía.
El capataz pasó varias veces junto a mí, y dijo con cierta
satisfacción:
—Parece que se te da
bien esto.
Aquella noche, cuando el sol se escondió tras los árboles y los grillos cantaban, sentí un cansancio nuevo para mí. Pero la ilusión por aquella nueva vida parecía revitalizar mi cuerpo.
Al amanecer siguiente, el
dueño volvió. Traía consigo un sombrero.
—Te va a venir bien
—comentó—. Hay que tener cuidado con el sol.
Me lo colocó con cuidado, ajustándolo sobre la cabeza.
—Así. No
te muevas mucho. Que te vean firme.
Y sonrió satisfecho, alejándose
hacia la huerta.
Yo me quedé allí quieto, inmóvil. Por un instante me sentí vacío, inútil. Hubiera deseado liberarme del poste, mover mi cuerpo lleno de paja y trabajar al lado de mis compañeros. Sentir el peso de la azada y el tacto de la tierra. Pero esa no era mi labor.
Mi trabajo no consistía en segar ni en vendimiar pero, a mi manera, también cuidaba el campo desde mi quietud; protegiendo el campo y sus frutos, bajo el sol y la lluvia. Y entonces lo entendí. Entendí que mi tarea, aunque silenciosa, también pertenecía a aquel lugar. Yo no era un agricultor. Ni siquiera era un hombre. Era un simple espantapájaros, nacido para velar por la tierra.
Desde entonces, desde mi
rincón, veo las tomateras que se enredan buscando el camino al
cielo, los pimientos que maduran hasta ponerse rojos, las parras
rebosantes de racimos. Observo a los campesinos doblar la espalda,
arrimar sus hombros y compartir su esfuerzo.
Y cuando el sol se pone y el
campo se llena de sombras, los miro marchar con la satisfacción de
quien siembra y riega a una tradición que nos alimenta a todos.
A veces por la noche,
cuando el viento silba entre las ramas, me permito soñar. Cuando eso
ocurre, imagino que desato mis brazos, que bajo del poste y camino
por el sendero. Imagino que mis pies —si los tuviera— dejan
huellas en la tierra y que mis manos —si fueran de carne—
acarician la hierba.
En esos sueños, soy uno más entre
ellos. Corto, planto, riego y río. En esos sueños soy uno más.
Pero cuando el gallo me
despierta y el sol asoma, regreso a la realidad. Los primeros
jornaleros comienzan a llegar y alguno me saluda desde lejos:
—Buenos
días, compañero.
Y yo, aunque no pueda responder, siento
algo parecido a un corazón latiendo en mi pecho de paja. Porque
siento que, de algún modo, también soy uno de ellos y que, en pie y
firme, seguiré en mi hogar cuidando la tierra.

Comentarios
Publicar un comentario