Entrevista en El Correo Gallego
Os dejo por aquí la entrevista que me han realizado en el periódico El Correo Gallego en la que hablamos sobre el primer premio conseguido en el Premio José Carlos Capparelli de Poesía y Cuento y sobre mi actividad literaria entre otras cosas. Con algo de fútbol de por medio como no podía ser de otra manera...
Os dejo también el relato premiado, que también se puede leer en su correspondiente post en este blog.
El guardián de las palabras
Nadie recuerda ya su nombre completo. Algunos lo llamaban Maestro, otros apenas sabían cómo referirse a él. Lo único claro es que, tras la conquista, cuando se impuso crear una nueva nación con sus símbolos, leyes e idioma, fueron los gobernantes quienes le encomendaron la importante tarea: escribir el Diccionario Nacional para crear así el nuevo idioma.
Al principio, se sintió orgulloso, convencido de que aquello era más un honor que un mandato. El encargo parecía noble: dotar a un pueblo de su propia lengua. Pasaba los días en una habitación alta, de ventanas estrechas, con una mesa de roble y un millar de hojas. Su tarea era inventar palabras, dotarlas de significado, y categorizar así la nueva realidad.
Las primeras semanas fueron todo un éxtasis de creatividad. “Solaura” para el primer rayo de sol de la mañana; “amidela” para el olor de la lluvia en tierra fértil. Palabras nuevas, frescas, nacidas para perpetuarse en la voz de los niños. Pero pronto los gobernantes no dudaron en intervenir.
Faltaban términos esenciales. “Obediencia”, “uniformidad”, “guerra”, “conquista”, “sumisión”.
Y así las fueron imponiendo, cargando al cada vez más esclavizado escritor son sus peticiones y obligas.
Poco a poco, las palabras comenzaron a marchitarse, a tornar ese primer brillo por un gris anodino y servicial. Cada semana llegaban con nuevas exigencias: una para designar el deber de callar frente al poder, otra para justificar el castigo colectivo, otra para el miedo disfrazado de lealtad. Arrancaban páginas enteras de cada borrador que el Maestro les iba presentando y arrojaban al fuego términos que consideraban peligrosos o innecesarios, tales como “libertad”, “protesta”, “paz” o “compasión”. Para ellos resultaban incompatibles con la armonía nacional.
Él obedecía bajo las cada vez más fuertes amenazas, casi encarcelado entre las cuatro paredes de aquella habitación. Cada hoja tachada lo envejecía un poco más. Cada palabra que debía inventar para afianzar el autoritarismo de los poderosos le pesaba como una piedra sobre el pecho. Ya no hablaba, con la única compañía de los guardianes. Apenas comía. Solo escribía. La vigilancia era constante y el trabajo interminable.
Con el paso del tiempo, el diccionario fue creciendo, pero con él también lo hacía su tristeza. Sus manos antes ágiles ahora se habían vuelto temblorosas, su espalda firme había dejado paso a una figura encorvaba, y sus apagados ojos se nublaban al ver cómo su idioma, ese que un día creó para unir a un pueblo, se volvía un arma de control.
Un día, los Gobernantes le impusieron un último plazo: una semana para entregar la versión definitiva.
Ese mismo día se encerró en su estudio, quemó el último borrador y se dispuso a escribir con una velocidad como nunca antes. Pero no para obedecer.
Durante siete días y siete noches no se detuvo. Ni para dormir, ni para comer. Entre todas las hojas que habían sido tachadas, descartadas y censuradas, recuperó cada palabra que le obligaron a eliminar. “Desobediencia”, “sueño”, “justicia”, “igualdad”, “rebeldía”, “amor”. Todas. Las escribió con letra clara, limpia, sin definiciones impuestas, contando su verdadero significado.
El octavo día, empacó cuidadosamente el nuevo diccionario, recién salido de la imprenta y lo hizo llegar a los expectantes gobernantes. Cuando lo abrieron su copia y leyeron su obra, repleta de palabras “prohibidas”, montaron en cólera.
Sin dudarlo un seguro, mandaron detenerlo. Pero era demasiado tarde.
Cuando llegaron a su habitación, lo encontraron en su silla, frente al escritorio. Los dedos manchados de tinta. El cuerpo sin vida. Y en su rostro, una media sonrisa. La imprenta aún humeaba junto a su escritorio.
Esa mañana, el país despertó diferente. Los paquetes habían sido enviados a cada hogar, cada tienda, cada escuela. Al abrirlos, hombres, mujeres y niños leyeron por primera vez aquellas palabras enterradas y comenzaron a entender la última lección del escritor.
Las palabras ya no pertenecían a los Gobernantes. Eran del pueblo. Y en ellas residía el poder.
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