El hombre de las hojas. Relato finalista en el III Certamen de relato y cuento Kalean

 Relato que fue finalista en el III Certamen de relato y cuento Kalean. Está publicado en libro antología del certamen y puede comprarse en la web de literaria Kalean a través del siguiente enlace:

https://literariakalean.es/iii-certamen-literario-de-relato-y-cuento-literatura-en-la-calle/

EL HOMBRE DE LAS HOJAS

En una esquina de la Plaza Castelao, frente a la librería Las Estrofas , vivía un hombre que parecía salido de un cuento. Las cañas habían comenzado a dibujarse en su cabello como la espuma en el mar, y sus ojos, azules y profundos, brillaban con una intensidad que no se apagaba a pesar de los años y el desgaste. Rodeado siempre de papeles, pasaba los días en alguno de los destartalados bancos de madera, garabateando sin descanso.

Hugo, un joven que soñaba con ser pintor, pasaba por allí todos los días de camino a clase. Era su primer año en la facultad de magisterio, aunque lo que le hubiera gustado sería estudiar bellas artes. Con su mochila, cargada con más pinceles, botes de espray y cuadernos que de apuntes, veía todos los días a aquel hombre. Al principio, tampoco se detuvo mucho a pensar en su presencia, pero eso cambió una fría tarde de noviembre. Por fin había convencido a su guapa compañera de clase para quedar a tomar algo, y tal como habían acordado, la esperaba en aquella esquina. Mientras permanecía allí quieto, se fijó en ese hombre que escribía sin cesar. Poseía un aura de concentración, una pasión, que no cuadraba con su ropa ajada ni con su vida en la calle. Sus ojos no se apartaban de las hojas que iba tiñendo, y sus manos guiaban al bolígrafo con una agilidad y seguridad hipnóticas. La llegada de su compañera detuvo su escrutinio, pero aquel individuo había despertado su curiosidad.

A partir de entonces ralentizaba su marcha al llegar a su encuentro, sin detenerse por completo, pero incapaz de ignorar al interesante desconocido.

Una tarde lluviosa, de esas en las que las gotas caen heladas, Hugo entró en un bar cercano, esperando que escampase. Desde el cristal se podía ver al vagabundo, que ahora no escribía. Había cubierto su cuerpo con unas gruesas pero viejas mantas y sus manos permanecían resguardadas en unos guantes verdes de lana.

—Tome, le vendrá bien algo caliente. —Hugo llevaba dos cafés y le ofreció uno.

El hombre levantó la vista, aunque su rostro permaneció serio.

—Gracias —murmuró, mientras con las manos algo temblorosas cogía el café.

Hugo se fijó entonces en el montón de hojas y libretas que se repartían entre su regazo y una vieja mochila sin acabar de cerrar. No pudo resistirse, y guiado por la curiosidad, se sentó a su lado sin ni siquiera solicitar permiso.

–¿Qué escribe? —preguntó el joven, que sin mediar ninguna palabra al respecto, le había dejado también un bocadillo al lado.

El hombre, extrañado, dudó antes de responder.

—Cosas que nadie quiere escuchar.

Hugo no insistió. Terminó su café en silencio y se marchó. Pero camino a casa no pudo sacarse de la cabeza la expresión de aquel hombre y aquel bosque de hojas que lo rodeaba. Y, sin poder desprenderse de ese interés que lo había invadido, cada día comenzó a detenerse al pasar. Siempre le dejaba algo: unas monedas, una barra de pan o algo tan simple como una sonrisa. Al principio, sus conversaciones eran breves, apenas un intercambio de saludos. Con el tiempo el dicharachero joven empezó a contarle detalles de su día a día, los proyectos que le iban encargando, los murales que pintaba y lo bonita que era su compañera de clase. Y poco a poco, arrastrado por la impetuosa energía de su interlocutor, el hombre se fue abriendo y sus charlas extendiéndose.

Ricardo, como finalmente le confesó que se llamaba, había sido profesor de literatura. Tenía una familia que amaba con devoción: su esposa y una hija preciosa llamada Raquel, que cada noche adoraba escuchar los cuentos que él inventaba. Pero hacía diez años, un accidente de tráfico se las había arrebatado a ambas. Incapaz de soportar el vacío, Ricardo abandonó su casa, su trabajo y su vida. Se dejó hundir por el dolor y buscó refugiado en la soledad y las calles, llevando consigo únicamente un cuaderno y un puñado de bolígrafos.

—Escribir es lo único que me queda —dijo una tarde, mientras Hugo escuchaba callado—. Si dejo de hacerlo, las piedo por completo.

Esa noche, mientras trabajaba en sus dibujos, no podía dejar de pensar en Ricardo y sus palabras.

Días después, se le ocurrió una idea. Se acercó a su nuevo amigo con un cuaderno y una propuesta.

—Voy a pintar un mural en esa pared, junto a la librería. Y quiero que tus palabras estén ahí.

Ricardo lo miró con el rostro de quién escucha las palabras de un loco.

—Es donde compro los libros de clase, y la dueña, que es muy simpática, me lo ha pedido. Así le pinto ese asco de pared y yo puedo hacer mi propio mural. Pero quiero que sea sobre una de tus historias. De esas que le contabas a tu hija.

La idea no convenció al principio al otro profesor, que se había resignado a vivir solamente mirando al pasado, renunciando al mañana.

—O aceptas o le digo que no cuente conmigo. ¿Vas a hacerme rechazar esto?

—Solo con una condición. Vuelve a invitar a salir a esa chica de tu clase y te ayudaré con el mural. En la vida te arrepientes más de lo que no haces que de lo que haces. Además, como sigas hablando de lo maravillosa que es al final me voy a enamorar hasta yo.

Y así durante semanas, previo atrevimiento de una cita que la chica recibió emocionada, trabajaron juntos. Mientras uno escribía y leía fragmentos de sus textos, el otro pintaba cuadros y bocetos buscando inspirarse. Trabajar juntos no solo llenaba de letras y trazos sus hojas y lienzos, también llenaba de luz los días de ambos. Incluso comenzaron a quedar en casa de Hugo. Su padre había congeniado muy bien con Ricardo y su madre, al igual que con todas las visitas, no hacía más que intentar llenarle el plato cada vez que lo convencían para cenar con ellos. Hasta lo invitaron el primer día que la tan famosa compañera de clase fue a comer a casa. De hecho, ese día Hugo no pudo contener la risa cuando, por primera vez desde que se conoció, vio a su socio artístico sin su espesa barba gracias a un preciso afeitado.

Ricardo no dejaba de escribir, mientras el joven seleccionaba frases, versos y cuentos para integrarlos en el diseño. Y paulatinamente, la pared junto a la librería se transformó en una explosión de colores: un cielo lleno de estrellas, un árbol cuyas ramas estaban formadas por palabras y bajo su sombra una preciosa niña, con ojos azules y profundos como los de Ricardo, soltaba una mariposa. En el centro, destacaba una frase sacada de unos de los cuentos: “Las historias nos rescatan del olvido” .

Cuando Ricardo lo vio por primera vez, quedó inmóvil, incapaz de contener las lágrimas. En aquella niña vio a Raquel, y en las palabras y colores sintieron regresar algo que creía perdido, esperanza. Al mismo tiempo, Hugo se sentía feliz por haber podido plasmar su arte y emocionado al ver que ahora su sueño ya no parecía tan lejano, si no un horizonte aún por pintar.

La inauguración fue un éxito rotundo. Gentes de todas las edades se paraban a admirarla e incluso algún pequeño periódico le dedicó breves noticias. Los niños jugaban junto a aquella pared que se convertiría en el paisaje de la infancia de muchos de ellos, y los ancianos hablaban sobre las curvas de sus sinuosas vidas sentados frente a ella. La dueña de Las Estrofas , Ana, quedó encantada con el resultado de la obra que Hugo había creado. Pero algo más llamó poderosamente su atención, aquellas frases que copaban el impresionante mural.

—Usted es el escritor del que me ha hablado Hugo, ¿verdad? —preguntó una mañana acercándose a la esquina.

Ricardo ascendió, aunque abrumado por el término “escritor”.

— ¿Qué le parecería ayudarme en la librería? Necesito contratar a alguien. Podría ordenar libros, recomendar lecturas…

La oferta le cogió por sorpresa. Aceptarla significaba dejar atrás parte del pasado, atreverse a empezar de nuevo. Vaciló unos segundos, pensando en todo lo que había cambiado gracias a Hugo. Entonces vio los ojos de aquella niña en el mural, y como si ella le susurrase la respuesta, aceptó.

La librería nunca había tenido tanto movimiento como desde que empezó a trabajar. Siempre tenía una sonrisa, estaba al día de las últimas obras y recomendaba libros a los clientes con un entusiasmo que contagiaba. Pero lo que realmente marcó la diferencia fueron los sábados por la tarde.

Cada noche, en el humilde estudio que había alquilado, escribía nuevos cuentos y poesías. Los sábados, cobraban vida en un rincón preparado con cojines y una pequeña alfombra, rodeado de niños ansiosos por escuchar sus historias. Su voz serena y cálida transportaba a los pequeños a mundos de fantasía, mientras muchos padres se quedaban en la puerta, escuchando con admiración.

Hugo siempre asistía, acompañado de la que ya era su novia, en ocasiones ataviado con su cuaderno para dibujar, y otras solo para disfrutar de los relatos. Ricardo, por su parte, parecía renacer con cada cuento que escribía y leía. Aunque su corazón y su alma aún soportaban el amargo peso del pasado, sentía que estaba construyendo algo nuevo. Algo de lo que Raquel, con sus hermosos ojos azules, y su esposa, habrían estado orgullosas.

El mural en la Plaza Castelao se había convertido en un punto de encuentro, lleno de vida, bajo el que no cesaban de nacer nuevos momentos. Cada vez que pasaba junto a él, Ricardo tocaba con los dedos las palabras en la pared como si repasase cicatrices, recordando que, aunque las heridas no desaparecen, las historias pueden ayudar a curarlas.

Y así, mientras Hugo se atrevía a comenzar su propio camino, entre libros, niños y palabras, Ricardo encontró su nuevo hogar. Porque como él había dicho, en la vida te arrepientes más de lo que no haces que de lo que haces.






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